Partido Socialista de los Trabajadores de Argentina.

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El enemigo bueno, es el enemigo muerto.
“Algo habrán hecho”.

Los acontecimientos de la reciente historia del país han desembocado en un enfrentamiento soterrado entre distintos sectores del estamento social Argentino.
Junto con la criminalización del clima político, algunos han confundido la necesidad de que la justicia actúe contra los responsables del genocidio, como un supuesto ataque al estamento militar en general y a su entramado civil.
Es así que el tema de los desaparecidos se ha convertido en arma arrojadiza, donde los acólitos del llamado Proceso de Reorganización Nacional tratan, por todos los medios, de desprestigiar a los movimientos reivindicatorios de la memoria, cuestionado por ejemplo la existencia misma de desaparecidos, minimizando su número y justificando la eliminación del denominado “enemigo” por el mero hecho de que en su momento el poder político haya determinado que solo cabía una opción, la suya, y que el resto de pensamientos eran subversivos, antinacionales, y merecían se erradicados del tejido social.
El empleo de la violencia y el asesinato contra el adversario, es una técnica que no nos es ajena, desde los comienzos de la definición de la estructura política del país a partir de la Independencia, fue una forma fratricida de solventar las diferencias.
Con la irrupción del Peronismo en la historia Argentina y el golpe militar que acaba con él en 1955, se abre nuevamente la sucesión de gobiernos militares y civiles de corta duración, que no hacen sino agravar el declive del bienestar de la población en general.
En 1973 retorna el viejo General al país y asistimos atónitos a la consolidación de lo que sería la forma de la resolución de los conflictos entre fracciones del Peronismo, la Masacre de Ezeiza se convirtió así en un modelo que en lugar de ser erradicado, fue tónica habitual, asumida a partir de la imposición de la banda Presidencial a la viuda de Perón, como manera extraoficial de extirpar al adversario político. Posteriormente institucionalizada al dar luz verde al Ejército en la erradicación de lo que se llamó la lacra subversiva.
Paralelamente comenzaba una campaña de autocensura, y contra información por parte de los medios de comunicación masiva, fieles a la clase social de sus propietarios, patrocinadores y a las directrices del gobierno legal y mas tarde de facto. El objetivo final era que el ciudadano percibiera que la violencia era casi exclusivamente irradiada desde el foco denominado subversivo.
Es indudable que existía una accionar de grupos armados que se manifestaba en acciones seudo militares, de los grupos Montoneros y ERP, en la colocación de artefactos explosivos, el asesinato de policías, militares y civiles, etc.; pero también existían un gran número de acciones de bandas armadas de ultra derecha y matones sindicales , grupos para-militares y para-policiales entre ellas la famosa Triple A (AAA), (en su momento nunca se investigó su accionar), que sembraban el país de cadáveres.
En referencia al tratamiento informativo de estos sucesos y ateniéndose a las directrices imperantes, el objetivo de la campaña mediática era homogenizar el asesinato, el vandalismo y la extorsión, entiéndase esto al considerar que los muertos, los secuestros, las explosiones, etc., eran siempre responsabilidad de los grupos denominados subversivos, aún en el caso obvio de que las víctimas fueran los propios supuestos miembros de las organizaciones ilegales, ya se trataba de un ajuste de cuentas, un ajusticiamiento por deslealtad, traición o cobardía, o habían perecido por la explosión del artefacto que estaban manipulando. Pocos medios se atrevían a informar que muchos cadáveres presentaban aspectos que no se correspondían con personas que llevaban una vida normal hasta ese momento, resultaban sospechosos los restos de cuerdas en sus miembros.
De las desapariciones solo se informaba en algunos casos de la detención de un número de individuos subversivos sin nombre, generalmente si el echo había sido a plena luz del día y con testigos.
A la vez se uniformaba bajo el epígrafe de subversivo a todo el espectro político de izquierda y los sectores del Peronismo distintos de las facciones de derechas, incluyendo dirigentes estudiantiles, representantes de los trabajadores, algunos dirigentes sindicales, etc. También se demonizaba a ciertos empresarios y profesionales liberales, médicos, abogados, ingenieros, etc., muchas veces con el oscuro propósito de la usurpación.
El resultado de todo esto, es la creación en la opinión pública de la premisa de que los muertos tenían dos categorías los unos, los militares, policías, grandes empresarios, etc. eran los muertos buenos, y los otros habían tenido lo que se merecían porque “algo habrán hecho”.